1

Hubo un tiempo en el que quería estar todo el rato borracha. Los segundos presentes y los venideros se me hacían insufribles. Luchaba contra las resacas con grandes dosis de agua, ibuprofeno y, si mis compromisos profesionales me lo permitían, con más alcohol. Vino, whisky y coñac. Siempre he sentido predilección por el coñac. El auténtico, claro. Y dentro de los coñacs, los maduros, los Napoleón. Era tan conocida mi pasión por esta bebida que, en cierta ocasión, un jeque agradecido me regaló en Dubái una botella de Jenssen Arcana. No entiendo por qué el coñac se ha popularizado como bebida de hombres. Bueno, en realidad , pero eso merecería una reflexión que ahora no viene al caso.

Por fortuna, descubrí este placer al tiempo que mi trabajo era valorado con tanta generosidad como estupidez. El dinero llegaba como por arte de magia, y con la misma facilidad se iba. Yo, a pesar de mi éxito, estaba convencida de que no se podía vivir más intensamente, ni ser más desgraciada. Me equivocaba. Ahora soy consciente de que, en aquella época de los noventa, eran los sueños, los ideales inalcanzables, los que me estaban matando. La esquizofrenia que me producía el desempeño de mi profesión en los infiernos del planeta, y la facilidad con la que yo, y solo yo, regresaba a casa en preferente, dejando atrás seres humanos arbitrariamente castigados. O quizá no fuera el choque entre el mundo de la abundancia y el de la miseria. Quizá era solo yo. Yo y mi libertad no digerida. Y ese momento especial en que una se percata de que por misma, no puede. Que el mundo se mueve solo, que nadar a contracorriente solo te convierte en una mujer exhausta y desesperanzada.

Para bien y para mal, descubrí en el instinto genético por sobrevivir. Así fue como encontré al que se convertiría en mi marido y comenzó una etapa nueva. Plácida, segura. Alejada de la injusticia social y la pobreza, de las guerras y la maldad del ser humano. Esa que yo había denunciado una y mil veces con mi cámara, hasta sentir casi que el dolor ajeno me aburría. Me enamoré de Álex y se acabaron los viajes por los lugares más desgraciados del planeta. Poco a poco, conseguí recuperar el aliento. Y llegaron mis hijas…

Con el bienestar llegaron los acontecimientos sociales, esas fiestas siempre iguales: idénticas manos que saludan, sonrisas llenas de dientes blanqueados, a menudo enmarcados por silicona de serie y brillos de lentejuelas oscuras que celebraban pertenecer a un mundo superior. Pocos ojos. La mayoría huidizos. Ninguna mirada auténtica. No hay miradas auténticas en el club de los privilegiados, a menos que seas un completo imbécil y goces entonces de una mirada auténticamente imbécil. Aquella noche, si la memoria no me falla, estábamos invitados a la fiesta que una gran editorial había organizado en el impresionante ático de una finca regia de la Castellana. Al echar un vistazo pensé que los hombres eran idiotas. A las mujeres, por solidaridad, solo las califiqué de frívolas.

En la práctica, que los hombres me parecieran idiotas no era algo perjudicial para mi relación. Una noche, tras una cena a la luz de las velas y una botella de vino, expuse a Álex mi forma de ver al género opuesto. En resumen, a medida que pasa el tiempo, la chispa que empuja al hombre a la caza pierde consistencia hasta apagarse. Entonces solo queda el interior, desnudo, sin adornos. Y el vacío suele ser decepcionante. Es más, confesé a Álex que podía quedarse tranquilo. Si él moría, jamás volvería a casarme ni a emparejarme. Las amigas me bastarían. Lástima no ser lesbiana, terminé con un sincero suspiro que le hizo soltar una carcajada. Él me preguntó si estaba convencida de lo que decía. ¿Cómo podía estar tan segura de que jamás encontraría a un hombre interesante? Yo tenía la respuesta, hilvanada a copia de tópicos y buena voluntad. Por los hombres poco interesantes, brindó él. Después hicimos el amor.

Yo era feliz como nunca lo había sido, convencida de que por fin había encontrado mi lugar. He de reconocer ahora que los primeros años de matrimonio me habían hecho recuperar algo de la ciega ingenuidad con la que abracé la profesión de fotógrafa cuando era joven. Confiaba en , en él. En la familia que habíamos construido. Indestructible. O sumamente frágil, como todo lo que de verdad vale la pena.

Pero volviendo a la fiesta…, una dichosa fiesta igual a tantas otras. ¿Qué cambió esa noche el curso de ese camino sin trabas que yo tan conscientemente había elegido? Fue el deseo, o más bien ese hormigueo extraño que anuncia el deseo, y entró por donde más le convenía: por la piel.

Una mano blanca y fuerte, acostumbrada a los saludos profesionales, emergió del bullicio de la fiesta. Creo que fue el anfitrión quien nos presentó. No estoy segura. Lo que sí recuerdo es que el primer encuentro tuvo cierta solemnidad. Nuestro presentador quería dejar patente que aquel hombre no era un cualquiera, y sin embargo, él parecía empeñado en pasar desapercibido. Llevaba una americana clásica, camisa blanca sin corbata. Tenía el rostro cuadrado y armonioso, y una barba cuidada sin excesos. El vino y el bullicio no consiguieron protegerme de una mirada azul de ojos grandes y líquidos, tras unas gafas de hipermétrope. Por supuesto tenía que ser así. Él ya me conocía, había pensado en mí y realizado algunas pesquisas, o eso dijo. Yo irradiaba seguridad. Había logrado volver a sentir satisfacción con la fotografía sin jugarme mi felicidad familiar, simplemente estudiando mi entorno. Con la cámara veo lo que otros no ven, y siempre hay mucho que explorar a nuestro alrededor. Mi presencia levantaba curiosidad y expectación. Mi marido saludaba, orgulloso de mí. Disfrutando de mi éxito. Le cogí la mano, y entrelazamos los dedos sin dejar de saludar. Amigo, amante, apoyo sin condiciones. De hecho, por muy buenas que fueran mis fotos, sabía que sin él no hubiera estado en aquella fiesta aquella noche. Antes de casarme, solo se me conocía en el mundo del periodismo pero ahora me dedicaba a la fotografía artística.

Álex no percibió nada, y él era habitualmente el primero en notar el interés de otros hombres hacia mí, pero en aquella ocasión, su instinto de protección falló. La primera grieta en nuestro sólido y rígido paraíso apareció cuando extendí la mano hacia el desconocido y acepté su tarjeta. Más aún, como no podía corresponderle con una mía, él me pidió que le enviara un correo electrónico para mantenernos en contacto. Todo correcto aunque presentí cierta urgencia y también cierta necesidad de que, en su petición, hubiera testigos de por medio, como para garantizar su interés meramente profesional. Sin embargo, no se me escapó una mirada entre todas las miradas que, rebotada en un espejo en penumbras, se dirigía con intensidad y curiosidad a mi marido.

Me fui con la tarjeta en el bolso de plumas de pavo, uno de los regalos extravagantes de mi amiga Natalia, y dispuesta a escribirle un correo en cuanto llegara a casa. En el taxi de regreso, lo comenté con Álex y él me recomendó esperar un par de días.

—Si a un hombre le escribes tan rápido, puede pensar que tienes interés —dijo él.

—Es que tengo interés. Es el dueño de un periódico de tirada nacional. Me puede dar trabajo.

—Es un hombre —replico él—. Hazme caso. Y como bien dices, el dueño, no el director.

—¿Por qué hay que estar siempre con estos juegos, meter el sexo en la ecuación, cuadre o no cuadre? Yo soy una profesional, y él también. Además, si empiezo a hacerme la interesante, él sí podría creer que estoy jugando. Si respondo hoy mismo, verá que lo único que me interesa es el contacto profesional y que soy seria: digo que voy a hacer algo y lo hago. ¿O es que doy yo la apariencia de mujer disponible?

Álex sabía cuándo yo estaba perdiendo la paciencia. Me cogió la mano y me la besó. Confiaba en mí.

—En absoluto. Haz como te parezca, cariño. Tienes razón: es un gran contacto.

Como no tenía ninguna duda sobre lo que debía hacer, aquella misma noche, mientras Álex se cepillaba los dientes, envíe un escueto mail con mis datos al tal Daniel González. Hasta entonces ni me había fijado en su nombre, a pesar de haber hecho como que leía la tarjeta. La mirada se me quedó enganchada al papel. Solo venía su nombre. Nada de cargos ni títulos. Estaba claro que no los necesitaba. Cuando me metí en la cama, Álex me preguntó si ya le había escrito al tal López.

—González —le aclaré divertida.

Álex sonrió.

—Desconfía de la gente cuyo nombre no es fácil de recordar.

—Bueno, fácil es.

—Demasiado simple. Podía haber convertido su apellido en compuesto, por ejemplo González del Higo. Y no lo ha hecho. Debería tener un ego proporcionado a su posición. Estar en la sombra es raro. Así que ten cuidado.

Me hizo gracia el comentario pero también activó las alertas. No hay nada peor que te pongan a la defensiva contra alguien. Entonces es cuando empiezas a pensar en esa persona, en las razones que le impulsan a merodear a tu alrededor. ¿Qué quiere realmente de ti? Y le das un espacio en tu cabeza que nunca hubiera conseguido.

Le di espacio a Daniel a partir de esa noche cuando, en brazos de mi marido, empecé ya a meterlo en mis sueños, en la intimidad
de mi habitación y de mi cama. Al sonar el despertador, abrí los ojos ansiosa. Deseaba que empezara a transcurrir el día y certificar, con esa coquetería femenina absurda y que jamás desaparecerá por completo, cuánto tardaría Daniel González en responder a mi mail. Álex se fue a trabajar y me quedé preparando el desayuno de las niñas. Yo las llevaba al colegio todas las mañanas. Me encantaba tener un trabajo que me permitía disfrutar de ellas a primera hora. Había montado en casa el estudio y me ganaba la vida, sobre todo, con el retrato artístico. Pensaba que echaría de menos los viajes. Quizá no Gaza, ni Afganistán, ni Chad o Pakistán…, pero sí el descubrimiento de Nepal, la blancura azul que respiré con mi cámara en el Ártico, los safaris fotográficos en Kenia…, todo lo que había visto, sentido, reído, y lo que me había roto el corazón y maravillado cuando pensaba que ya nada podía sorprenderme.

Los viajes me habían mostrado lo que siempre había intuido: que yo no pertenecía a la vida mediocre y gris de un barrio obrero de provincias donde el azar me había colocado por nacimiento, y que el mundo era extraordinario e inagotable. Sin embargo, cuando decidí ser madre, me comprometí al menos por unos años, a enfocar mi vida de una forma diferente, más estable. Necesitaba un hogar. Por otra parte, había llegado la hora de hacer una recopilación de lo aprendido, darle forma, digerir, encontrar mi voz como artista y, para ello, necesitaba detenerme. Me organicé para reconstruirme profesionalmente durante el periodo de crianza de las niñas. Pasaba horas leyendo, documentándome, revisando el inmenso material que había acumulado a lo largo de los más de quince años de viajes. Disfrutaba experimentando con la manipulación de las imágenes. Antes pensaba que lo que capturaba el objetivo no debía manipularse. Descubrí que ese escrúpulo no tenía sentido. Nada es verdad y todo lo es. Una foto inmortaliza un instante, pero el ser humano es tan complejo y variado que resulta imposible aprehender su esencia, su significado o su valor en un encuadre. Por eso, estuve experimentando con técnicas informáticas. Intentaba añadir contenido a la imagen: el que yo había percibido al sacar la foto. Hacerla más real. Más real a mi manera, por supuesto. Para sacar a flote lo que la superficie oculta me transformaba en cirujana, aislando al individuo para mostrar su esencia escondida.

Recuerdo que la mañana después de la fiesta dejé a las niñas en el colegio y regresé rápidamente a casa. A veces aprovechaba para pasar por el mercado. Me maravillaba la explosión de colores a primera hora, y me gustaba comprar el pan recién hecho. Pero aquel día solo me interesaba sentarme delante del ordenador y esperar la respuesta de Daniel con un café. A mediodía, ya había empezado a cabrearme conmigo misma por ser tan estúpida. ¿Qué estaba haciendo? Había perdido la mañana mirando una pantalla, esperando contestación de un desconocido que a saber si realmente tenía intenciones ocultas y seductoras más allá de un contacto profesional para el futuro. Me obligué a ponerme el chándal e irme a correr un rato. Sudar me haría bien. Antes, llamé a mi marido:

—¿Quieres que comamos juntos? —le pregunté. Hasta hacía un par de años, comíamos juntos casi todos los días. Él se acercaba a casa y aprovechábamos para tener un encuentro o, si estaba muy liado, nos reuníamos en algún restaurante cerca de su despacho. Pero los dos nos habíamos vuelto un poco perezosos.

—Sí, claro —respondió, pero noté duda en su voz.

—Si no te viene bien, lo dejamos. Ya sé que con el nuevo encargo, estáis hasta arriba.

—Es que encima hoy no ha venido la secretaria. Otra vez está enferma.

—Vale, pues nos vemos a la noche. No te preocupes.

Pero Álex no es un hombre cualquiera y, tras muchos años juntos, me conocía bien.

—¿Pasa algo?

—No, no, nada —respondí, aunque en mi subconsciente quería que indagara. Necesitaba hablar con alguien. Tenía una amiga a la que quería con locura, Natalia, pero llevaba una vida radicalmente opuesta a la mía y seguía preguntándome, cada vez que se terciaba, qué necesidad había tenido yo de casarme y tener hijos. Había ciertas cosas que no podía compartir con ella. Álex era además mi mejor amigo.

—Venga, dime —insistió.

—Es que el tío ese no me escribe.

Álex soltó una carcajada. Bueno, pensé, a ver si desdramatizando me quito de encima esta sensación de angustia.

—¿Estás hablando de Daniel, el dueño del periódico?

—Sí, sí. ¿Por qué no me ha devuelto el mensaje?

—Estará ocupado, ¿qué prisa tienes? Tampoco tenía nada concreto que ofrecerte, ¿no?

—Entonces, ¿para qué me da su tarjeta y me pide los datos así, a bocajarro? Los podía haber conseguido de internet. Pensé que tenía algún interés especial en mi trabajo.

—¿O en ti?

—No, en mi trabajo, Álex —repliqué perdiendo la paciencia.

—Vale, vale, ¿pero qué necesidad tienes de coger más trabajo? Siempre dices que te sobra. Además, ¿quieres viajar otra vez?

Entonces lo vi claro: sí quería. Necesitaba un poco de acción, de volver a ser la de antes. Solo yo. Y, en ese instante, me vi: convertida en una madre que estaba aparcando su profesión y se empeñaba en clamar al mundo y a sí misma que ella, y solo ella, había elegido ese camino. No era verdad. Las circunstancias y los miedos a la opinión de los demás, mezclados con la responsabilidad inherente a la maternidad, se habían convertido en los ingredientes de un pastel que quizá empezaba a resultarme empachoso.

—No…, bueno, no sé. Las niñas ya son mayores. Lo echo un poco de menos. ¿Y si nadie vuelve a llamarme? Me he puesto yo misma fuera del mercado. Ya no me ven como una reportera.

—No, te empiezan a ver como a una artista y eso era lo que querías.

—Sí, ya… —suspiré—. Bueno, no hay nada perfecto.

Álex se quedó unos segundos en silencio.

—Vale, vamos a quedar para comer —resolvió finalmente.

—No, de verdad, no hace falta. Tú tienes hoy un día complicado y, en realidad, no ha pasado nada. Hablaremos esta noche en casa.

—¿Estás segura?

—Sí, sí —respondí convencida. Pero, por supuesto, no estaba segura. Además empezaba a cabrearme también con Álex. De repente sentía que no era objetivo a la hora de dar consejos o tranquilizarme. Si volvía al trabajo de campo, él tendría que reajustar sus horarios. Su vida dejaría de ser tan cómoda.

Después de colgar, me dirigí a la cocina y entonces oí el sonido de entrada de un mail. Me dio un vuelco el corazón, regresé al ordenador esperando el anhelado correo…, pero era uno de Álex diciéndome que me quería y que hablaríamos por la noche. Es cierto que el paraíso puede llegar a ser aburrido pero también es seguro, pensé con un suspiro.

2

Pasó la semana y, poco a poco, la ansiedad se fue difuminando. Solo que con ella, también perdí el buen humor. Por las tardes estaba irascible y, a la hora de los baños, necesitaba una copa de vino. Álex bebía cuando estaba contento y en compañía. Yo no necesitaba compañía para beber. Es más, cuando vivía sola, era uno de los grandes placeres del día, servirme una copa antes de cenar y escuchar música. Y, si no estaba contenta, eran dos o tres. Natalia, abstemia, a temporadas, y macrobiótica, también a temporadas, pero gran aficionada a la química legal, me hizo ver un día que yo era prácticamente una alcohólica porque necesitaba una copa de vino para relajarme y ser feliz, y, según ella, esas no eran razones aceptables para beber.

«No importa la cantidad —concluyó—. Si lo necesitas, eres una alcohólica y terminarás con el hígado destrozado, convertida en una persona violenta y desubicada. Suerte que ahora eres feliz.»

Me hizo reflexionar sobre el tema. Mi abuelo era un gran y afable bebedor, aunque solo de vino bueno, como decía él. Murió con noventa y cuatro años y un hígado estupendo. Tras varias investigaciones, me convencí de que la clave estaba en la dosis y yo no solía pasarme, salvo en contadas ocasiones.

A final de la semana, Álex soltó:

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Nada.

—Nada no. Habla de una vez.

—Será hormonal.

—No me fastidies…

Era el momento de hablar. Suspiré.

—¿Y si no llego a nada? Tengo cuarenta y cuatro años. Ya no soy una joven promesa, ni siquiera una joven artista.

—Por favor, Virginia. Eres muy joven.

—Solo porque tú tengas ocho años más, no significa que yo sea joven.

—Por favor, habla claro.

—Que me estoy dando cuenta de que me falta algo. A veces me siento vacía, perdida… —Al oír mis palabras me sentí de repente peor.

—Desde luego qué talento tienes para dramatizar. Ahora resulta que tu vida es un asco.

—No, no eres tú, ni las niñas, ni esta casa. Tengo todo lo que quería, de verdad. Es solo que no veo claro mi futuro profesional.

—Porque eres una artista. Es normal. Tienes que seguir y tener paciencia.

—Tienes una fe ciega en mí, Álex, y podrías estar equivocado.

—Acaban de darte un premio de reconocimiento internacional, tu última exposición terminó hace apenas un mes y ha sido un éxito de público y crítica. Es más, ¡has vendido! ¿Quién vende hoy en día? Tal y como está el mercado, sabes lo milagroso y extraordinario que es eso.

—Pero ahora viene lo peor. Como soy medio conocida, no me harán encargos porque pensarán que soy muy cara o que me he encasillado o…

Lo que añoraba realmente era salir a la aventura, que me pasaran cosas, aspirar emociones y sentir la adrenalina bombeándome en el cerebro…, pero ¿cómo describirlo?

—¡Basta! Estás atrapada en una espiral idiota que tú misma te has montado.

Mi marido era único para sacudirme las tonterías al instante. Menos mal. Álex tenía toda la razón. ¿Qué demonios estaba haciendo? Las niñas dormían plácidamente, pero llevaba días sin prestarles la atención a la que estaban acostumbradas, sin disfrutar con ellas. Álex tenía muchísima paciencia, pero todo tenía un límite. Deseaba mucho que me abrazara. Y lo hizo.

—Venga, cariño, déjalo y vámonos a la cama.

—Últimamente no duermo bien —intenté explicar dejándome abrazar, regodeándome un poco en mi tristeza—. Quizá es solo eso. O que necesito ponerme metas y ahora mismo no sé muy bien en qué trabajar.

—Encontrarás un tema para una nueva exposición. Date tiempo.

Álex me besó en el cuello y me volvió hacia él.

—Tengo las manos mojadas —fue lo último que pude decir antes de dejar el fregadero. Lo que siguió fue sexo del bueno. De ese que tienes cuando encuentras y te reencuentras.

Al día siguiente, desperté de buen humor, lista para encontrar una nueva fuente de inspiración que orientara mi vida y convencida de que esta se encontraba en el seno de mi hogar, escondida en mi habitación o en la de mis hijas. En algo cotidiano, algo con lo que el gran público pudiera conectar y que fuera muy íntimo. Mi intuición me decía que mi próximo tema estaba jugando al escondite conmigo. Álex se fue a trabajar y le despedí en la puerta, algo que no había sucedido en mucho tiempo. Llevábamos meses en los que él se iba y yo entraba en el baño para no perder el tiempo. Siempre tenía tanto que hacer y tan poco tiempo… ¿Sería el tiempo el tema que vertebraría mi próximo trabajo? El t ...